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EL TIEMPO

- Dr. Gaspar Baquedano López.

EL TIEMPO

En medio de la confusión  en la que transcurre   nuestra vida, nos referimos al tiempo como algo  que requerimos para llevar a cabo nuestros propósitos. Por ejemplo, decimos que necesitamos tiempo para  cambiar y ser el tipo de  persona que,  de acuerdo con nuestras  ideas,  nos hará felices.  De la misma manera, decimos que con el tiempo es posible  “madurar”  y llegar a ser  el día de mañana   personas creativas,  sin  los apegos y temores que arruinan el día de hoy. Imaginamos que el tiempo por sí mismo nos hará  soltar  el pesado lastre que impide el  vuelo a la libertad. Es en la espera de ese mañana  que por supuesto nunca llega,  como malogramos la oportunidad de dar inicio el día de hoy a la  insurrección que puede hacernos interiormente libres. Cuando nos sentimos atormentados  por una relación sentimental que ha terminado  invocamos al Padre Tiempo para que nos ayude a olvidar el ayer y a cicatrizar nuestras heridas. Imploramos el olvido  porque,  lamentablemente, gran parte de nuestra vida la consumimos cargando la  pesada mochila del pasado. No sabemos vivir aquí y ahora que es precisamente en  donde puede dar inicio  nuestra libertad interior.

El tiempo es una de nuestras  excusas favoritas a la que con frecuencia recurrimos  para no llevar a cabo hoy nuestra revolución interior. Es precisamente a partir de esa arbitraria división entre pasado,  presente y futuro  como fragmentamos nuestra vida  evadiendo la realidad. El momento actual, el aquí y el ahora exigen de nosotros acción y transformación. Si queremos dejar atrás un mundo de fantasía y si  nuestro camino es la revolución interior,  es necesario indagar acerca de eso que tan arbitraria y confusamente  llamamos “tiempo”.  Si comprendemos a fondo que creamos imágenes que nos confunden a través de eso que llamamos  tiempo nos transformaremos, porque comprensión es acción. No se trata de “entender” sino de comprender la esencia del problema y así crearnos con  nuevas actitudes.

El Ayer Histórico

Quien controla el pasado ejerce poder sobre nosotros. Quien a partir de lo  histórico,  de la tradición y de lo religioso  señala cuál  es  nuestro pasado e  indica cómo debemos comportarnos hoy,  nos controla. Cuando lo histórico es tomado como  punto de referencia a partir del que hay que construir los modelos de conducta actuales, se otorga un enorme poder a quien  presente como válida la memoria de una nación, ciudad, pueblo o  familia. Cuando legitimamos a quien  se ostente como el conocedor de la memoria colectiva  le otorgamos  el poder de normar, reglamentar y decidir  cuáles son las cosas que encajan dentro del molde del respeto a la tradición y cuáles no.

A partir de esta reglamentación se decidirá  qué es lo social y culturalmente “correcto” y qué no, bajo la idea  que debemos  ser  congruentes con nuestra  historia. No  nos detenemos  a indagar que quien  presenta una versión de  nuestro pasado lo hace desde una perspectiva propia y que, las más de las veces, obedece a las necesidades  de quienes  ejercen el control social.  Es difícil conocer la verdad del pasado cronológico (lo sucedido hace tantos siglos o años) pues a menudo, las versiones que se construyen a partir de lo acontecido   se tejen en la telaraña del  poder en donde hay intereses de por medio. Estas versiones son  fragmentos de una realidad que se utilizan  con fines y propósitos construidos bajo algún tipo de autoridad: ciencia,  moral, religión, patria,  Estado,   política, etcétera.  El historiador es uno de los personajes con mayor poder dentro del proceso de control social.

El Ayer Psicológico

De la misma manera que el pasado cronológico es objeto de manoseos y  manipulaciones,   nuestro pasado psicológico es igualmente motivo de  control sobre nosotros destacando el manejo de la culpa. Es precisamente a partir de los sentimientos de culpabilidad que simultáneamente  conectan tiempo y emoción, en donde podemos comprender la enorme influencia de las religiones autoritarias con sus ideas del pecado y  arrepentimiento, imágenes  que arrancan desde la manipulada versión de la expulsión de Eva y de Adán del paraíso terrenal.  Según este relato bíblico, la culpa y la vergüenza son consecuencia de la desobediencia al haber comido del fruto del árbol de la sabiduría, que es precisamente el principio del discernimiento y  del libre albedrío,  precursores ambos  de la libertad.  Por haber violado la Ley Divina experimentan por   vez primera  culpa y vergüenza y, en vano tratan de esconderse de la mirada de Dios. El castigo es inminente.

 El manejo de la culpa es una de las estrategias más efectivas para el ejercicio del control social pues quien se constituye en nuestra memoria moral, funcionará al mismo tiempo como juez y  verdugo.  Difícilmente  existirá  escapatoria alguna en  el laberinto de la culpabilidad. De acuerdo con las religiones de corte autoritario  el pasado de la humanidad  es pecaminoso desde sus orígenes.  De ahí la necesidad de recordar y  actualizar el sentimiento de culpabilidad a través de la obediencia hacia los dogmas de quienes  han hecho de ciertas religiones,  el mejor aliado del Estado en su  permanente proceso de sujeción.

Bajo estas ideas de pecado y de arrepentimiento emanadas del pasado, surge el  paraíso celestial como alternativa frente al  terrenal que se perdió por un acto de desobediencia; y  para conseguirlo, están los “representantes” de Dios en la tierra. Por medio de ellos se promueve  la obediencia ciega ya  que de manera permanente revolotea sobre nuestra cabeza la amenaza de una nueva expulsión que ahora sí, será  definitiva. Todo este ejercicio del poder se basa en un supuesto conocimiento del pasado (el pecado original) que otorga una autoridad indiscutible.

Esta  autoridad  establece las más diversas alianzas estratégicas y se infiltra en  campos de importancia  neurálgica en la vida social: educación, moral, las “buenas” costumbres, la opinión pública, la política. El pasado es reproducido una y otra vez bajo los distintos ropajes de la novedad o de las teorías científicas “revolucionarias”, pero que en el  fondo, son continuidades disfrazadas de cambio. Quien se ampara en el conocimiento del pasado determinará qué es lo antiguo y qué es lo nuevo  pero,  ante todo, se constituirá en organismo rector de la vida social al servicio del poder,  e interpretará la historia según convenga a intereses previamente definidos.

El Mañana

Nuestra mente crea innumerables imágenes y gira vertiginosamente a través de las más variadas fantasías, distrayéndonos de nuestro momento actual, del aquí y del ahora. Esta distorsión  de imágenes impide percibir claramente la realidad. En todo ese torbellino de representaciones mentales utilizamos el tiempo proyectándonos  hacia una de nuestras imaginerías  más  intensas: el futuro  ¿Existe el futuro, cómo  llegará a nosotros, es posible predecirlo? , Son algunas de las múltiples preguntas que    formulamos porque  pensamos linealmente, de un lugar a otro.

Debido a esto, creemos que el futuro está en algún lugar y qué tarde  o temprano toparemos con él. Pero si reflexionamos  que el futuro es tan sólo la  proyección de nuestro presente y que  esta fantasía   es el resultado de imágenes, lograremos una perspectiva de calidad diferente. La imagen del mañana se encuentra fuertemente condicionada por el ayer, por nuestras experiencias pasadas de goce y sufrimiento.  Estas imágenes del ayer condicionan hoy nuestras expectativas del mañana. Desde esta perspectiva,  podemos comprender que todo eso que anhelamos o tememos del futuro es en realidad producto de nuestras necesidades y frustraciones pasadas y presentes. Desde esta perspectiva es también posible comprender  eso que nos paraliza y  convierte en seres mediocres: el miedo.

El Temor

De la misma manera que en el pasado se generan nuestras culpas, en eso que imaginamos como  futuro se encuentran nuestros  miedos: ¿Qué será  de mí dentro de algunos años,  cómo me sentiré si no logro  aquello que tanto anhelo? , Son algunos de nuestros temores actuales, arrastrados desde el pasado y que proyectamos al mañana. Todo esto es desplazamiento  de nuestra angustia presente condicionada por el pasado y  que mentalmente es transportada a esa fantasía que llamamos  futuro.

Es pertinente remarcar que el tiempo real y el tiempo cronológico existen y de que no hay duda que  al día sigue la noche. Por citar un ejemplo, la astronomía se ocupa del estudio científico del tiempo real como fenómeno de la materia y gracias a ella podemos conocer los movimientos y posiciones de los astros. Lo que es imaginario son las expectativas y temores de orden psicológico  que se superponen al tiempo cronológico reflejadas en expresiones como la siguiente: ¿“Qué  será de mí el día de mañana?” o bien, “cuándo será el fin del mundo?”.

El tiempo cronológico (los días, meses, semanas, horas, etcétera) es una división arbitraria  del tiempo real que es  fenómeno de la materia. Esta división  obedece a conveniencias de índole económica,  social y cultural. Por otro lado, el tiempo psicológico es la manera como interpretamos  el tiempo cronológico y, a través de él, proyectamos nuestras necesidades, particularmente la  angustia. Son precisamente las imágenes que construimos  en el tiempo psicológico las que nos atemorizan el día de hoy.

El poder, a través de las más variadas formas  se encarga de sobre valorar el futuro y de esta manera  intensifica  nuestras fantasías alrededor de ello, especialmente el  miedo. La amenaza de la condenación eterna es un buen ejemplo que ilustra el manejo del tiempo (el futuro)  como parte del proceso de control social. El poder se ha apropiado del tiempo, lo ha fragmentado arbitrariamente dividiéndolo en épocas y en fechas. De esta manera se determina  cuándo es momento de reír o de llorar. Carnaval y Semana Santa son algunos ejemplos a la mano; en el primero reímos y en el segundo lloramos. El rescate de la noción real del tiempo es un paso indispensable para dar inicio a nuestro proceso de transformación individual y colectiva. Para lograr esa percepción de alta calidad acerca del tiempo,  es necesaria la observación atenta y permanente de nosotros mismos y de los que nos rodea, sin imágenes, lo que implica estar despiertos y dejar atrás el mundo de temor en el que nos encontramos inmersos. El miedo no existe por sí mismo, lo creamos mediante imágenes.

Nuestra  Incapacidad de Vivir  Hoy, Aquí y Ahora

A toda costa intentamos  huir de nuestra realidad. Por todos los medios que  ofrece esta cultura que entre todos creamos a diario intentamos distraer la angustia que  ocasiona el confrontarnos  con lo que realmente somos. Vivimos  en función de lo que imaginamos, del qué dirán, agobiados por  normas  y reglamentaciones que, según nosotros, construimos para  darnos protección y felicidad. Con el pretexto de lograr  una vida “civilizada” hemos construido una enorme jaula que aprisiona nuestro derecho a la libertad de pensar, sentir y actuar responsable y libremente. El material con el que construimos esa jaula es la percepción y manejo del tiempo psicológico, particularmente la culpa y el temor señaladas anteriormente.

Nuestro presente, nuestra realidad actual resulta poco atractiva, pues mirándola en contraste  con nuestras fantasías  nos hace sentir incapaces y  lejanos al derecho de disfrutar aquí y  ahora. Por ser nuestra vida cotidiana tan poco atractiva  y monótona, escapamos y nos dedicamos a construir fantasías,  sin percatarnos que, al hacerlo, entramos de lleno al reino de la culpa  (el pasado) o bien, al reino del miedo  (el futuro). ¿Por qué tenemos  que construir fantasías, por qué nuestras vidas transcurren en la irrealidad recordando el ayer e  imaginando mañanas? Tal vez porque intuimos  que si nos  reencontrarnos con nosotros mismos  adquiriremos un profundo compromiso hacia nuestra persona y con los demás, no mañana sino ahora.  La palabra “compromiso”, manoseada por políticos  en campaña y por los demagogos,  conlleva un significado  que a toda costa evitamos comprender. No nos conviene captar  sus alcances  y por eso la incluimos  en la lista de  palabras con las que intentamos impresionar a los demás,  ofertando una imagen social de personas decentes, morales  y   “comprometidas”. La incapacidad de vivir y disfrutar a plenitud aquí y ahora, es uno de los grandes desafíos para el espíritu rebelde que se propone llevar a cabo hoy  el trabajo transformador de sí mismo y de lo que lo rodea, liberándose de las trampas del tiempo.

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Dr. Gaspar Baquedano López.
Psiquiatra. Psicoterapeuta. Maestro en Antropología Social. Suicidólogo.

Calle 20 (Avenida Líbano) # 71 F, entre 9 y 11 Colonia México norte, Mérida, Yucatán, México.

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